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Verano 2026

Operación salida
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Operación salida

Hace más de 30 años el verano empezaba con un portazo y apretando maletas que no cabían.

miércoles 08 de julio de 2026, 19:11h

No era aún el mar, ni la casa alquilada, ni el olor de las sábanas limpias en el apartamento cerrado durante un año. Era el sonido impaciente del maletero al cerrarse después de varios intentos, cuando ya todo parecía imposible y, sin embargo, todo acababa entrando: las maletas, la sombrilla, las toallas, la nevera, los juguetes, la tortilla, los silencios y la impaciencia.

España se iba entonces de vacaciones en coche. No viajaba: se trasladaba. Cada familia llevaba consigo una pequeña patria doméstica. En el asiento de atrás dormían los niños, vencidos por la madrugada, con la cabeza apoyada contra el cristal y los sueños todavía sin estrenar. Delante, el padre conducía cumpliendo una tradición veraniega. La madre guardaba el mapa, los bocadillos, el agua, las monedas para el peaje y esa forma suya de sostener el mundo sin decirlo.

Aquellos coches no eran perfectos. Sudaban, crujían, olían a plástico caliente, a gasolina, a tapicería fatigada. Tenían menos defensas que nosotros y, quizá por eso, les confiábamos más cosas. No sabían guiarnos, ni corregirnos, ni avisarnos. No pensaban. Solo obedecían. Y en esa obediencia había una nobleza que hoy se ha perdido un poco entre tanta pantalla y tanto aviso luminoso.

El viaje era largo porque el verano era largo. Había tiempo para aburrirse, para mirar por la ventana, para contar camiones, para discutir por la música, para preguntar cien veces cuánto faltaba. El aburrimiento era entonces una lugar más de la infancia. Nadie lo combatía con un iPad. Nadie lo anestesiaba con auriculares. Se atravesaba, como se atraviesan los campos secos de Castilla o las curvas lentas hacia la costa.

La carretera tenía una gravedad que hoy casi hemos olvidado. Se salía con ilusión, pero también con respeto. Cada verano dejaba demasiados nombres en las cunetas, demasiadas familias rotas, demasiadas noticias escuchadas en la radio con un silencio repentino dentro del coche. Morir en carretera parecía formar parte del precio oscuro de llegar al descanso. Hoy morimos menos, y ese progreso merece gratitud. Los coches nos cuidan mejor, las carreteras quizás en mejor estado, las normas más severas y la vida, al menos al volante, vale un poco más que entonces.

Pero la seguridad no lo explica todo. Hemos ganado protección y hemos perdido intemperie. Hemos ganado confort y hemos perdido ceremonia. Ahora el coche nos reconoce, nos enfría, nos habla, nos calcula, nos aconseja. Sabe dónde estamos y cuánto tardaremos. Antes no lo sabía nadie. Y por eso el viaje tenía algo de aventura menor, de incertidumbre familiar, de destino batallado kilómetro a kilómetro.

También han cambiado los pasajeros invisibles. Antes viajaban con nosotros los abuelos, aunque no estuvieran; el pueblo, aunque fuéramos al mar; la infancia de los padres, aunque los hijos no la entendieran. Hoy viajan los móviles, los cargadores, las reservas, los códigos, las aplicaciones, la necedad de fotografiarlo todo. Hasta el perro, que antes aguardaba resignado en casa de alguien, ocupa ahora su lugar en la expedición, con arnés, manta y una dignidad nueva de miembro pleno de la familia.

El maletero ya no lleva las mismas cosas. Antes cargábamos objetos; ahora cargamos dependencias. Antes una familia podía pasar medio mes con una nevera azul, una radio y dos mudas de más. Hoy tememos más quedarnos sin batería que sin conversación.

No conviene, sin embargo, mentir con la memoria. Aquellos veranos no eran mejores. Eran nuestros. Tenían calor, incomodidad, carreteras peores, coches más frágiles y una resignación ante el peligro que hoy nos parece inaceptable. Pero poseían algo difícil de nombrar: desconexión. La familia entraba entera en el coche. Con sus roces, sus cansancios, sus afectos y sus pequeñas derrotas. El viaje no era una interrupción de la vida: era la vida, comprimida durante unas horas sobre cuatro ruedas.

Quizá por eso todavía emociona ver un coche cargado en julio. Porque en cada maletero cerrado hay una aventura. En cada niño dormido atrás, una memoria que se está fabricando sin saberlo.

El verano empieza siempre igual: alguien cierra la casa, alguien pregunta si llevamos todo, alguien dice que sí aunque sepa que no.

Y el coche arranca: mar o montaña; pueblo o ruta.

Antes, desde atrás, un niño preguntaba cuánto faltaba.

Hoy responde el navegador.

Pero el deseo de llegar juntos sigue siendo el mismo.”

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