El futuro del coche de gasolina vuelve a enfrentar a la industria del automóvil con los políticos. François Provost, consejero delegado de Renault, ha calificado de «estupidez» prohibir la venta de coches nuevos que no sean eléctricos y ha reclamado al Reino Unido que revise su calendario de electrificación. Su argumento va más allá de la tecnología: el futuro de las fábricas, el empleo y la competitividad europea también están en juego.
François Provost ha cuestionado abiertamente el calendario británico para eliminar la venta de coches nuevos de gasolina y diésel. En declaraciones recogidas por The Sunday Times, el máximo responsable de Renault defendió que no tiene sentido establecer una fecha obligatoria para que todos los automóviles nuevos sean eléctricos.
«¿Cuál es una buena fecha para que el 100% sea eléctrico? No existe una buena fecha porque es una estupidez prohibir los coches que no son eléctricos», afirmó el directivo, según la información publicada por el diario británico.
La crítica llega en un momento especialmente delicado para los fabricantes europeos. Las marcas están obligadas a invertir miles de millones de euros en electrificación, mientras afrontan una competencia cada vez más intensa de los fabricantes chinos, dudas sobre la velocidad de adopción del coche eléctrico y la necesidad de mantener precios competitivos.
Para Renault, el debate no consiste únicamente en decidir qué tecnología debe impulsar Europa. También se trata de evitar que las decisiones políticas terminen perjudicando a sus fabricantes y a sus centros de producción.
Reino Unido quiere prohibir los coches nuevos de gasolina en 2030
El calendario británico contempla poner fin en 2030 a la venta de coches nuevos que funcionen exclusivamente con gasolina o diésel. Sin embargo, la normativa prevista permite que determinados híbridos e híbridos enchufables sigan comercializándose hasta 2035, bajo las condiciones establecidas por el Gobierno.
A partir de 2035, el objetivo británico es que todos los coches y furgonetas nuevos sean de cero emisiones. Por tanto, no se trata de prohibir la circulación de los coches de combustión que ya están en las carreteras, sino de limitar progresivamente la venta de vehículos nuevos.
El Gobierno británico mantiene que la transición debe proporcionar seguridad a los fabricantes y estimular la inversión en vehículos eléctricos y en infraestructuras de recarga.
La posición de Renault es diferente. Provost considera que imponer fechas demasiado estrictas puede aumentar la presión sobre la industria y los compradores, especialmente si la demanda de vehículos eléctricos no evoluciona al ritmo previsto.
Europa también se replantea el futuro de los motores de combustión
La polémica británica coincide con un debate de enorme importancia en Bruselas. Francia y Alemania han acordado una posición común para flexibilizar los objetivos de reducción de emisiones de los coches nuevos en 2035.
El marco europeo original establecía una reducción del 100% de las emisiones de CO₂ de los coches nuevos respecto a la referencia de 2021. La propuesta de compromiso franco-alemana contempla reducir ese objetivo al 90%, con el propósito de dar mayor margen a los fabricantes.
Esta modificación podría abrir la puerta a que determinados vehículos que no sean completamente eléctricos continúen comercializándose después de 2035, siempre que se establezcan los mecanismos regulatorios correspondientes.
No obstante, hay una diferencia fundamental: el acuerdo entre Francia y Alemania no equivale todavía a una modificación definitiva de la normativa europea. La propuesta debe superar las negociaciones comunitarias y obtener las aprobaciones necesarias.
El debate refleja una preocupación compartida por una parte de la industria: cómo cumplir los objetivos climáticos sin debilitar la competitividad de los fabricantes europeos frente a China.
Renault vincula la prohibición británica con el futuro industrial de Europa
La intervención de Provost tiene también una dimensión comercial y política. El Reino Unido aspira a participar en el programa europeo Made in Europe, una iniciativa destinada a reforzar la producción industrial europea y favorecer a los fabricantes que cumplan determinados requisitos de fabricación y contenido local.
El problema es que Londres y Bruselas mantienen diferencias sobre la política comercial, especialmente en relación con los aranceles a los vehículos eléctricos fabricados en China.
La Unión Europea aplica derechos adicionales a determinadas importaciones de coches eléctricos chinos, mientras que el Reino Unido ha mantenido un enfoque comercial diferente. Esa divergencia complica las negociaciones para integrar a la industria británica en el futuro esquema industrial europeo.
Provost sostiene que el Reino Unido debe acercar sus políticas industriales y comerciales a las comunitarias para facilitar un acuerdo. En ese contexto, la regulación de los motores de combustión se convierte en otro elemento de la negociación.
La cuestión afecta a mucho más que Renault. La industria automovilística británica y europea depende de cadenas de suministro compartidas, inversiones en baterías y componentes y una red de fábricas que necesita estabilidad normativa para planificar sus próximos modelos.
¿Qué significa todo esto para los conductores?
La discusión puede parecer lejana para quienes están pensando en comprar un coche, pero las decisiones regulatorias tienen consecuencias directas sobre la oferta disponible, los precios y las tecnologías que desarrollan los fabricantes.
Si Europa flexibiliza sus objetivos, algunas marcas podrían mantener durante más tiempo determinadas soluciones híbridas o desarrollar motores adaptados a los nuevos requisitos. Eso no significa que vayan a abandonar sus inversiones en coches eléctricos.
También hay que tener en cuenta que las normas sobre la venta de vehículos nuevos no implican automáticamente que los coches de gasolina o diésel que ya circulan tengan que desaparecer de las carreteras.
En España, por tanto, el debate europeo no supone por sí mismo una prohibición inmediata de utilizar un coche de combustión. Los conductores deben distinguir entre las futuras exigencias para los vehículos nuevos, las restricciones de circulación que puedan establecerse en determinadas zonas y las condiciones de acceso a las ayudas públicas.
La evolución de la normativa sí puede influir en las decisiones de compra a medio plazo, especialmente para quienes buscan un vehículo que quieran conservar durante muchos años.
La industria pide flexibilidad ante el avance de China
La discusión sobre los motores de combustión también es una discusión sobre competitividad. Los fabricantes europeos están invirtiendo en nuevas plataformas eléctricas, baterías y procesos industriales, mientras las marcas chinas amplían su presencia con modelos que compiten especialmente en precio y tecnología.
Para Renault, el reto consiste en mantener la transición hacia la electrificación sin imponer un calendario que desconecte las obligaciones regulatorias de la capacidad real de compra de los clientes.
Sus declaraciones no significan que la marca renuncie al coche eléctrico. Lo que ponen sobre la mesa es la necesidad de combinar los objetivos climáticos con una estrategia industrial capaz de mantener fábricas, empleo y competitividad.
La pregunta que deberá responder Europa es si puede acelerar la electrificación sin debilitar a sus propios fabricantes. Y, sobre todo, qué margen debe dejar a las tecnologías híbridas y a otras soluciones de bajas emisiones durante los próximos años.
Una cosa está clara: el futuro del motor de combustión sigue abierto al debate político e industrial, pero cualquier cambio en las fechas previstas dependerá de decisiones normativas concretas, no de las declaraciones de un fabricante.