Diseñado por Giorgetto Giugiaro, el Columbus rompió todos los esquemas: dos niveles, posición de conducción central y un V12 derivado de BMW. Un experimento radical que hoy anticipa el auge de las minivans de ultralujo.
Presentado en el Salón del Automóvil de Turín de 1992 por Italdesign bajo la dirección de Giorgetto Giugiaro, el Columbus fue un ejercicio extremo de reinterpretación del concepto monovolumen.
Con 5,8 metros de longitud y una arquitectura de dos niveles, este prototipo apostaba por una configuración interior 1+2 superior y cuatro plazas inferiores, priorizando modularidad y confort. Su estructura en fibra de carbono y su planteamiento espacial lo situaban más cerca de un lounge rodante que de un vehículo familiar convencional.
En el apartado técnico, destacaba la integración de un V12 5.0 de origen BMW con más de 300 CV —derivado de los BMW 750i y BMW 850i— montado en posición central transversal, asociado a una transmisión manual de cinco velocidades y tracción total. Incorporaba además dirección a las cuatro ruedas, con hasta 15 grados de giro en el eje trasero, optimizando la maniobrabilidad pese a sus dimensiones. Su velocidad máxima +210 km/h.
El puesto de conducción central lo alineaba conceptualmente con el McLaren F1, también lanzado en 1992, aunque en este caso aplicado a un vehículo de enfoque claramente orientado al lujo y la habitabilidad.
Sin embargo, soluciones como las puertas de apertura compleja o la excesiva superficie acristalada evidenciaban su carácter experimental. Más que un anticipo de producción, el Columbus fue una declaración de tecnológica y libertad creativa.
Hoy, con propuestas de lujo en el segmento firmadas por Lexus, Genesis o Mercedes-Benz, su planteamiento resulta menos utópico. En retrospectiva, el Columbus no fue una anomalía, sino un manifiesto adelantado a su tiempo.