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El grupo podría llegar a recortar hasta 100.000 empleos

Volkswagen y una Europa que se apaga
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Volkswagen y una Europa que se apaga

lunes 29 de junio de 2026, 12:27h

Para los alemanes Volkswagen no era solo un coche. Uno veía pasar un Golf, un Passat o un Polo y entendía sin necesidad de explicaciones que allí dentro viajaba algo más que una familia, un comercial, un estudiante o un padre camino del trabajo.

"Volkswagen era eso: una marca, sí, pero también un modelo. Un modelo de una Europa que fabricaba, exportaba y creía en sí misma. Una Europa de fábricas encendidas, turnos de madrugada, trabajadores con mono azul, proveedores en cadena y ciudades enteras organizadas alrededor de una planta. Wolfsburgo no era solo un lugar en el mapa. Era una manera de decir que Alemania era una locomotora industrial.

Por eso duele tanto lo que ahora se cuenta de Volkswagen. No porque una gran empresa no pueda reestructurarse, ni porque la industria no haya vivido otras crisis. Duele porque esta vez el rumor no parece venir de una avería concreta, sino del motor entero. Según las informaciones publicadas, el grupo podría llegar a recortar hasta 100.000 empleos, una cifra equivalente aproximadamente al 15% de su plantilla mundial. Uno de cada siete trabajadores. Conviene detenerse un momento en esa proporción. No es un porcentaje en una hoja de resultados. Son familias, turnos, hipotecas, pueblos, bares de polígono, madrugones, manos que aprendieron un oficio y que ahora descubren que quizá el futuro ya no las necesita como antes.

La explicación más inmediata se llama China. Y es verdad que China está ahí, avanzando con una velocidad que a Europa le cuesta incluso describir. Sus fabricantes llegan con eléctricos e híbridos más asequibles, más rápidos de desarrollar, más agresivos en precio y más conectados con un mundo que ya no espera a que Alemania marque el paso. China ha dejado de ser el gran mercado donde las marcas europeas vendían coches caros. Ahora quiere ser el lugar desde el que salen los coches que compiten contra ellas. Y en algunos segmentos ya lo está consiguiendo.

Pero sería demasiado sencillo convertir a China en el único villano de esta historia. Las grandes crisis rara vez tienen un solo culpable. Suelen ser más parecidas a esas grietas que aparecen poco a poco en una pared antigua: primero una línea fina, después otra, y un día descubrimos que lo que parecía sólido llevaba años cediendo en silencio.

Europa también ha puesto sus propias grietas. Durante años decidió que el automóvil debía ser más limpio, más eléctrico, más seguro, más tecnológico, más vigilado y más perfecto. Todo eso suena bien. ¿Quién podría estar en contra de un coche más ecológico o más seguro? El problema es que cada obligación tiene un coste. Cada sistema añadido, cada norma, cada objetivo, cada sanción y cada calendario impuesto desde un despacho acaba llegando al mismo sitio: al precio final del coche, a la fábrica que lo produce y al trabajador que depende de ella.

Europa imaginó un automóvil ideal. Pero no siempre se preguntó si el ciudadano medio podría pagarlo.

A Volkswagen se le pidió competir en un mundo nuevo con una mochila vieja y cada vez más pesada. Costes energéticos elevados, salarios altos, fiscalidad exigente, normas estrictas, estructuras rígidas y una transición eléctrica que avanzaba sobre el papel más deprisa que en la vida real. Mientras tanto, al otro lado del tablero, China jugaba con subvenciones, escala, velocidad industrial y una estrategia de Estado. No era exactamente la misma carrera. Ni siquiera era la misma pista.

Hay algo profundamente paradójico en todo esto. Europa, que durante décadas hizo de su industria una de sus grandes fortalezas, ha terminado tratándola a veces como si fuera una molestia. Como si las fábricas fueran un residuo del pasado y no la base material sobre la que se construyen el empleo, la independencia tecnológica y una buena parte de la clase media. Se habló mucho de transición, de sostenibilidad, de neutralidad climática y de futuro. Se habló menos de los trabajadores que tendrían que cruzar ese puente. Y todavía menos de qué pasaría si el puente no llegaba hasta el otro lado.

Pero Volkswagen tampoco puede presentarse como un inocente sentado en el banquillo equivocado. También creyó demasiado en su propio relato. Durante años, la gran industria del automóvil vivió rodeada de analistas brillantes, estrategas educados en universidades prestigiosas, expertos capaces de construir presentaciones impecables en las que todo parecía tener sentido. Gráficos ascendentes, curvas de adopción, previsiones de demanda, escenarios de electrificación, flechas verdes, porcentajes exactos y ese optimismo corporativo que siempre parece más sólido cuando se proyecta sobre una pantalla.

Se dio por hecho que el consumidor abrazaría el coche eléctrico con entusiasmo. Que las familias renovarían sus vehículos al ritmo que marcaban los reguladores. Que la infraestructura de recarga crecería casi por generación espontánea. Que las baterías serían más baratas. Que el cliente europeo aceptaría pagar más por un coche distinto, en ocasiones menos práctico para su vida cotidiana, porque el futuro así lo exigía. Era una historia limpia, ordenada, moderna. Quizá demasiado perfecta para ser verdad.

Mientras tanto, en los concesionarios, la realidad tenía otra cara. Clientes que dudaban. Precios altos. Autonomías que no convencían a todos. Garajes sin cargador. Viajes largos convertidos en cálculo. Familias que no podían cambiar de coche aunque quisieran. Personas que escuchaban hablar de transición energética mientras miraban su cuenta corriente y pensaban que el futuro, como tantas otras cosas, quizá era para otros.

Ahí Volkswagen falló. Falló al escuchar demasiado a quienes miraban el mercado desde arriba y demasiado poco a quienes lo veían desde el mostrador, desde el taller o desde la mesa de una familia haciendo números. Si hace una década hubiera hecho sonar con más fuerza las alarmas, si hubiera utilizado todo su poder de influencia para advertir a los políticos de que la transición podía destruir empleo antes de crear una alternativa sólida, quizá hoy el golpe sería distinto. Tenía tamaño, prestigio y conocimiento para decir: cuidado, esto no se hace solo con buenas intenciones.

Pero durante demasiado tiempo muchos prefirieron creer que el futuro llegaría obediente, rentable y ordenado. Como si la historia fuera una diapositiva que avanza cuando alguien pulsa una tecla.

La frase atribuida a Oliver Blume tiene algo de epitafio provisional: desarrollar un coche mundial en Alemania, producirlo en Europa y venderlo en todo el planeta ya no funciona como antes. Es una frase seca, pero dentro lleva el derrumbe de una época. Porque eso era, precisamente, lo que Alemania hacía mejor que nadie: pensar un coche, fabricarlo con rigor y convencer al mundo de que merecía pagar por él. Si eso ya no basta, entonces la pregunta no afecta solo a Volkswagen. Afecta a toda Europa.

Volkswagen sigue siendo un gigante. Tiene marcas, tecnología, ingenieros, fábricas, historia y una fuerza comercial que muchos envidiarían. Pero incluso los gigantes pueden sentirse perdidos cuando cambia el suelo bajo sus pies. Tendrá que ser más rápida, más ligera, más sencilla, más barata y probablemente menos segura de sí misma. Tendrá que decidir qué plantas sobreviven, qué marcas merecen prioridad, qué tecnologías puede desarrollar sola y qué alianzas debe aceptar. Puede incluso que tenga que aprender de quienes hasta hace poco miraba por encima del hombro.

Esa tal vez sea la parte más difícil: aceptar que el prestigio ya no protege como antes. Que el sonido de una puerta bien cerrada no basta para justificar cualquier precio. Que el “Made in Germany” sigue valiendo, pero ya no gana solo. Que el consumidor puede admirar una marca y aun así no comprarla. Que el futuro no se impone desde una regulación ni desde una presentación corporativa, sino desde la vida real.

Y la vida real suele ser menos brillante que una estrategia, pero mucho más complicada."
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